Con este concepto se refería hace tiempo en un artículo Claudio Magris a una de las posibles tendencias que parece definen a cierta clase o generación política desde hace unos años, en consonancia con los tiempos blandos en los que estamos inmersos: «La meta de un líder socialista, como la de un hombre de derechas, es la de ser riguroso y coherente con el que credo que comulga; un país no puede gobernarse ininterrumpidamente con toques de maquillaje»
La política pop se referiría, así, a esa gestión cosmética y esponjosa de lo público, al hecho de que la imagen y la mercadotecnia se hayan convertido en fines en sí mismos más allá del conveniente y firme gobierno de la polis. Y es que en demasiadas ocasiones la impresión que algunos tenemos es la de una clase política presente que actúa tomando decisiones siempre de perfil, que hace política a salto de mata, improvisando nuevas estrategias dictadas solamente por sus asesores de imagen que se imaginan cómo componer un escaparate cada vez más aparente pero con menos contenido, pensando sobre todo en cierto marketing efectista para ofrecer a los titulares de un telediario más que en la coherencia y fidelidad debida a un proyecto político y a sus valores y principios.
“ Cuando interesan más los escarceos sexuales del primer ministro italiano que los problemas reales de la ciudadanía, y cuando los políticos conocen mejor el mundo del marketing que los conceptos que rigen a las polis, algo falla”. Quizás esta impresión de política pop o blanda tenga mucho que ver con que determinada generación fuerte de grandes políticos no ha tenido un relevo continuador, decoroso, digno. El elevado perfil político e intelectual, estilo e impronta- siendo conscientes aquí de sus habilidades y aciertos, pero también de sus desatinos- de gente como Willy Brandt, Miterrand, Aldo Moro, Suárez, Felipe González o Alfonso Guerra... no ha sido revalidado por las subsiguientes generaciones políticas, atrincherados estos entre los flashes de sus sobre-expuestas y cantarinas esposas mediáticas, de las bodas televisadas y de portada del Hola! de sus hijas y de esas orgías romanas, cutres y rancias con adolescentes y peluquines, más propias de un Sálvame de Luxe! de esos que del bagaje solvente de cualquier mínimo estadista aficionado o, como se decía antes, peyorativamente(que diría Rosa Díez) "de provincias".
La regeneración y el refresco de ideas e ideales apenas ha existido, y realmente no se ha elaborado ni articulado un proyecto político e ideológico de altura, vigoroso y significativo, más allá de la inercia coyuntural del mercadeo político y su rutina y de una ausencia palmaria de referentes intelectuales consistentes entre nuestros modernísimos y bien vestidos políticos.
Naturalmente se entiende que el acto comunicativo de un político en una sociedad capitaneada por los medios de comunicación de masas también tiene que ver, y bastante, con cosas como el color de la corbata del candidato, el arte de manejar las manos en el debate televisivo o los paseos(para lucirse en el telediario de las 15:00 horas) por el mercado de abastos dos semanas antes de las elecciones luciendo sonrisa perfecta con fundas nuevas y blanquísimas mientras se le acaricia el lomo a un niño que va en sillita de ruedas. Ya Aristóteles escribía hace muchos años sobre la importancia que en el buen político tenía el manejo de los gestos y la dosificación de sonrisas para causar esa sensación de honestidad, empatía y bondad entre el pueblo llano.
Y todo esto no sería ni digno de mención si no fuese porque en demasiadas ocasiones apenas parece que exista nada más detrás de esta postiza máscara de muchos de nuestros políticos, o esa es la nebulosa percepción que se tiene- tanto de tirios como de troyanos- al poder observar y escuchar in situ a parte de esta clase política actual que rige nuestros destinos, que es mayormente de desconsuelo y abatimiento, a la par que nos sirve de explicación fundamentada sobre la desafección y apatía que una gran parte de la ciudadanía siente con respecto a nuestra clase política: discursos blandos, trufados de apenas elaboradas consignas; homilías reiterativas y nada estimulantes; una retórica poco persuasiva, estereotipada hasta límites sonrojantes...
La política pop parece buscar “someter al enemigo sin combatientes y sin combate”, con unos proyectos políticos- y los valores y principios que los sustentan- reversibles y tibios, inestables... y con unos profesionales de la política volcados únicamente en ofrecer una imagen amable y benévola a sus posibles y futuros consumidores.
Dicen los que saben de esto que el detonante del paso de la Democracia a la Teledemocracia, del contenido al continente, de la sustancia a lo etéreo, fue aquel primer debate televisivo entre Nixon y Kennedy y que esa imagen proyectada de un Nixon apesadumbrado, mayor y poco atractivo frente a un agraciado y joven John F. y los resultados y análisis posteriores del encuentro televisivo cambiaron para siempre la forma de pensar y presentar la política, adaptándose para ello a los vaporosos parámetros que la sociedad de comunicación de masas y consumo exigía.
Así que bienvenidos al liviano, polícromo y efervescente universo de la política pop, amig@s mí@s!!!. Y acordaros de consumir mucho y mal, aunque no lo necesitéis y seáis más marxistas que Chomsky y Rosa de Luxemburgo juntos.
Saludos de Jim.